árbol de ceiba

Al entrar no se pierda de observar toda la exuberante vegetación que se extiende a los alrededores del camino de entrada, donde a unos 200 metros antes de llegar al parqueo podrás admirar el gigantesco árbol de Ceiba único en la zona y uno de los más grandes de Centroamérica con dimensiones sorprendentes, extensas gambas y hermoso follaje, es simplemente un monumento natural.

Historia del árbol

Soy un Ceiba. Con ese nombre se me conoce por estos lados, pero científicamente me llamo bombacaceae. Nací hace más de cuatrocientos años, cuando en mi entorno solo había impenetrable selva. Jamás soñé llegar a ser tan frondoso como mis padres.
 Cuando alzaba mi tierna mirada, hacia las copas de mis ancestros quedaba maravillado de mi creador.
Aquel portento de congéneres en titánica lucha por alcanzar al sol, era simplemente un singular espectáculo. A mi alrededor  la vida brotaba como agua de manantial, miles de aves y animales rozaban levemente mi tierno y frágil tallo, recogiendo frutos  que mis abuelos  generosamente les regalaban.
Pensé que quizá nunca llegaría a alcanzar  la estatura necesaria para mirar el horizonte, porque imaginaba que por encima de aquellos gigantes, el mundo tenía que ser maravilloso. Como admiraba al jaguar y las pavas que podían desplazarse por el bosque y mirar extasiados aquel portento de vida que se extendía kilómetros de donde me encontraba.
Con el paso del tiempo fui creciendo, muchos de mis abuelos sucumbían naturalmente por el paso de los años. El espacio que dejaban era inmediatamente ocupado por otros y con la luz del sol que a intervalos recibía, fui creciendo y tomando forma de árbol. De mí erecto tallo brotaban pequeñas ramas que poco a poco me darían la apariencia de un Ceiba.
Todo era paz y armonía, el aliento de Dios mecía nuestro follaje y sus lagrimas prelavan de azul las cristalinas fuentes. Aquel silencioso sacrosanto solo era interrumpido por los monos que chillaban al ser depredados por manchas negras y amarillas, que se movían como un fantasma agazapado en la espesura, o por estridentes gritos de aquellas multicolores aves, que por centenares se posaban en los Peinemicos, para abrir con sus fuertes picos los duros frutos con que se alimentaban.
Yo observe al jaguar muchas veces acechando en una rama al último cariblanco de la incontable manada, y escuche sus gritos de agonía cuando era ávidamente devorado. 
En mis gambas vi nacer a muchos chivillas y anidar sin temor la taimada gongolona.
En mi follaje alberge a miles de aves, que me arrullaban con sus cantos  y abonaban la tierra para que crecieran con energía.
Los años pasaban en caravana, muchos gigantes sucumbían a mí alrededor  después de haber cumplido su ciclo biológico, dándome espacio y luz para  que junto con otros jóvenes, nos abriéramos hacia la cumbre. La vida continuaba impenetrable, muchos inviernos pasaron y yo crecía y tomaba forma.
No se porque era el preferido de mis hermanas haladas que en inmensas parvadas poblaban mis ramas, quizá como me encantaba la poesía y en mi follaje el viento tarareaba alegres canciones, ellas acudían a mi para formar aquel coro celestial que hoy añoro con nostalgia.
Paso el tiempo, mucho tiempo talvez, yo conocía toda clase de animales y aves, a mis vecinos, alas interminables filas de hormigas que pasaban por mi lado devorando toda clase de insectos. Yo vi quebrarse el cielo allá en el horizonte y oí su eco rebotando entre los montes presagiando la tormenta.
¡Pero!, Cierto día me quede mudo de asombro, con una cosa extraña entre sus manos apareció ante mi vista un extraño ser, debería ser un animal que desconocía, caminaba en dos patas, en ves de piel se cubría con extraños atuendos y con lo que seguramente eran sus manos se llevaba a la boca una diminuta ramita encendida y luego echaba humo como cuando un tronco era partido por un rayo.
Mi asombro creció aun mas cuando al rato aparecieron otros de aquellos extraños animales. A pesar de no haberlos visto ni oído nunca, pronto comprendí que se trataba del hombre, de aquel ser que Dios había creado a su imagen para que señorease sobre todas las cosas del mundo. Algo  en mi interior  me hizo comprender que aquel ser seria en adelante el amo y verdugo de todo cuanto me rodeaba, con extraños instrumentos empezaron a derrumbar cuanto árbol había a mi alrededor, a mi me respetaron pues a la  razón  ya era muy corpulento y probablemente Dios me tenia para otros designios. Con mi corazón contrito vi como caían centenares de mis hermanos, pero no solo árboles sacrificaban, Mataban por placer a mis hermanas aves, al gran roedor, al cervatillo y al jaguar, a los asustados y asombrados monos que miraban atónitos  como les destruían su habitad. Pronto quede solo en aquel desértico paraje. Ahora a mí alrededor crecían unas débiles hierbas que eran devoradas por unos enormes animales  que me recordaban vagamente al cabro y al venado.
Poco a poco se fue ampliando mi horizonte, podía ver donde se erguían a capricho incontables refugios con la madera de mis hermanos, para albergar aquellos deplorables seres, escuchaba con angustia el lamento de miles de mis hermanos cuando eran abatidos por aquel desalmado depredador.
No volví a escuchar el parloteo de las loras y pericos, ni el ruido del jaguar, ni el chillido de los monos, el viento en mi follaje no cantaba, su voz era lúgubre y vacía como si anunciara un cataclismo. Mi amo talaba, mataba e incendiaba. Cientos de especies desaparecieron para siempre, las fuentes se secaron y los pocos ríos y quebradas que quedaron tornaron sus aguas azules y cristalinas en difusos colores artificiales, producto de la contaminación.
Me he quedado solo, erguido y majestuoso, como mudo testigo de aquella hecatombe, hasta hoy me mantengo intacto, solo por gracia de Dios.
Soy la admiración de cuantos me visitan, en mi interior tengo grabadas las imágenes de cuatro generaciones.
Cuando me mires, piensa que si tus antecesores no hubieran sido tan crueles y egoístas, hoy no estaría solo.
Y cuando todo este perdido t te ayas auto eliminado, mi creador volverá a poblar la tierra, y yo le pediré que nunca mas te ponga  sobre ella.


Juan B

 

 

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